Preste Juan

Durante la Edad Media europea florecieron relatos que hablaban de la existencia de
un gobernante cristiano virtuoso y magnánimo, llamado Preste Juan, que se convirtió
en el ideal monárquico del cristianismo y que reinaba sobre una suerte de paraíso
terrenal.
La primera referencia a esta figura legendaria la encontramos en una crónica
germana escrita a mitad del siglo XII. Con el tiempo, las historias sobre el maravilloso
reino del Preste Juan fueron difundiéndose por Europa. Durante los siglos XII y XIII la
cristiandad occidental situaba al monarca en algún punto remoto de Asia, tal vez en la
India. Con la llegada de los mongoles el mundo occidental pasó a situar al Preste
Juan en Asia Central. Incluso Marco Polo habló de él y lo asimiló a un rival del
temible Gengis Kan.
Fue a principios del siglo XIV cuando la leyenda se trasladó a África. Gracias a los
viajeros de la época y a quienes peregrinaban a Tierra Santa, el mundo latino conocía
la existencia de un monarca cristiano en algún punto al sur de Egipto. A principios
del siglo, el principado se identificó directamente con Etiopía. El fin de las cruzadas
había abierto una coyuntura favorable: alrededor del mar Rojo la circulación se hizo
más fácil y menos peligrosa. Algunos etíopes llegaron a Europa a través de Jerusalén.
En Venecia, Giovanni di Carignano realizó un mapa del país del Preste Juan, el
primero en colocarlo en Abisinia. En 1339, el mapa atribuido a Angelino Dulcert, de
la escuela mallorquina, situaba a los cristianos de Nubia y Etiopía bajo el mandato del
Preste Juan. Poco a poco las informaciones sobre Etiopía se fueron multiplicando
gracias a los emisarios que el negus nagast “rey de reyes” etíope envió fuera de su
país. Los egipcios ponían trabas a estas misiones diplomáticas porque temían una
alianza de los etíopes con los francos o los venecianos que comprometiera
gravemente el monopolio de su comercio con los países del océano Índico.
Pero los esfuerzos egipcios fueron en balde. En 1400, el rey de Inglaterra Enrique
IV dirigió una carta al Preste pidiéndole que liberara el Santo Sepulcro de manos de
los moros. En 1402, una delegación etíope llegó a Venecia, trayendo consigo dos
leopardos y gran cantidad de productos aromáticos. Cinco años más tarde, peregrinos
etíopes alcanzaron Boloña.
En 1427, el rey Alfonso de Aragón recibió una carta enviada por el negus Yeshaq.
La carta se la entregaron en mano miembros de una delegación enviada
específicamente con esa misión. En ella, Yeshaq le proponía una alianza contra los
musulmanes que se sellaría con un matrimonio entre miembros de ambas familias.
No está claro si Alfonso respondió a esta misiva ni en qué términos, aunque algunos
autores defienden que el rey aragonés estaba dispuesto a sellar la alianza. De hecho,
en 1450 envió un mensaje al sucesor de Yeshaq en el que decía estar dispuesto a
enviar una expedición si el Preste garantizaba su seguridad, ya que una partida
anterior había perecido en el viaje.
Las embajadas etíopes siguieron visitando los reinos occidentales. En 1459, un
famoso mapamundi situaba a Etiopía como su pieza clave y estaba aderezado con una
leyenda que rezaba: «El rey de Abisinia, llamado Preste Juan, tiene bajo su Imperio
muchos reinos. […] Este señor, cuando va a la guerra, lleva consigo a un millón de
hombres».
A finales del siglo, en 1490, tres años después de que Bartolomeu Dias cruzara el
Cabo de Buena Esperanza, otro agente portugués, Pêro da Covilhã llegó a tierras
abisinias. A pesar de este primer contacto, no fue hasta 1520 cuando llegó la primera
embajada portuguesa en respuesta a la solicitud del negus de ayuda contra los
musulmanes, que permaneció seis años en el país. El capellán de la expedición,
Francisco Álvares, recibió el relato de los viajes de Pêro da Covilhã y los añadió a las
crónicas de lo que él mismo había vivido en África bajo el título Verdadera
Informaçam das terras do Preste Joam das Indias. En este relato describió el primer
encuentro personal entre Occidente y el Preste Juan, que en realidad era el negus
Lebna Dengel, y dio información relativa a la situación político-económica del
Imperio.
Los portugueses tenían varios intereses en Etiopía. Una eventual alianza
permitiría levantar fortalezas en las costas africanas del mar Rojo que sirvieran de
soporte efectivo en un flanco vulnerable de la expansión lusa en el Índico. El mar
Rojo era el camino natural por el que el Imperio otomano, su gran rival comercial,
estaba adquiriendo influencia. De este modo, uno de los principales objetivos de la
embajada del padre Álvares era conseguir información sobre las fuerzas de Abisinia,
conocer el estado de las relaciones del Preste con otros reinos de su entorno y sondear
el apoyo que Portugal podría aportar al reino africano en caso de guerra con sus
vecinos musulmanes. Además, para Portugal, Abisinia podía ser fuente de
importación de carnes y viandas, así como de sustancias preciosas como la mirra o el
incienso. A esto habría que sumar la cuestión religiosa: la diplomacia lusa creía
posible una alianza cristiana contra el infiel.

Este mapa del siglo XVI, realizado por el cartógrafo flamenco Abraham
Ortelius, presenta los territorios etíopes como el Imperio del Preste Juan.
Según Álvares, el orden y la seguridad reinaban por doquier, las instrucciones de
los gobernadores eran respetadas y la autoridad del emperador era absoluta en un país
de una extensión de unos mil kilómetros de norte a sur. Desde las provincias y los
Estados tributarios afluían impuestos en especie que la corte imperial debía
redistribuir. Había grandes corrientes de intercambios comerciales y se importaban
productos procedentes de la India y Oriente Próximo.
Pero los portugueses llegaron al Cuerno de África en un momento delicado. La
expansión hacia el oeste de los musulmanes provocó un choque inevitable con el
Imperio cristiano. En 1529, en la batalla de Sembera Kure, el Imperio abisinio perdió
no solamente un ejército entero sino también una parte considerable de su élite
dirigente. Las consecuencias fueron terribles. Hasta 1543, todos los años durante la
estación seca, los ejércitos musulmanes barrieron los territorios etíopes sometiendo
sistemáticamente provincia tras provincia. Uno de los puntos álgidos de estas
acometidas llegó en 1533 cuando el lugar santo más importante de Abisinia, Axum,
fue completamente arrasado. No obstante, tanto el negus como su población siguieron
resistiendo de modos diversos.
Pocos años después de la muerte de Lebna Dengel, la situación política cambió
completamente. Un joven emperador, Galaodéos, accedió al trono. Su entronización
fue seguida de una restauración rápida del Imperio etíope y de la llegada de un cuerpo
expedicionario portugués que ayudó a derrotar a los musulmanes. En febrero de
1543, el ejército musulmán fue destruido al este del lago Tana y su caudillo muerto

en el campo de batalla. No obstante, los musulmanes replegados en Somalia
continuaron con sus acometidas mientras en el interior del Imperio los pueblos oromo
hostigaban a las fuerzas del negus.
El emperador Sartsa Dengel (1563-1597) tuvo que hacer frente a incesantes
campañas en todas las direcciones. Además, llevó a cabo guerras violentas con el fin
de aniquilar a los abisinios judíos que habitaban en las regiones septentrionales. Se
ignoran las razones de esta guerra religiosa en un momento en el que el Imperio tenía
tantos enemigos exteriores. Los judíos debían escoger entre el cristianismo o la
exterminación; la mayoría fue exterminada.
Resulta sorprendente que el Imperio de Abisinia, ocupado por combates
incesantes durante casi tres generaciones, encontrara la fuerza no solamente para
enfrentarse a los turcos del norte, sino también a los musulmanes del este y a los
oromos en el sur y el centro, además de vencer y asimilar algunos Estados del
suroeste.
Aunque quizá el conflicto más importante para el Imperio fue el que tuvo con la
Iglesia católica, que duró casi un siglo (1542-1632). En 1557, Andrea da Oviedo fue
consagrado obispo y enviado a Abisinia junto con otros jesuitas portugueses para
preparar la «reintegración», es decir, la unión de la Iglesia ortodoxa con Roma. Bajo
el reinado de Sartsa Dengel, fueron autorizados a vivir en total libertad y a emprender
actividades misioneras. En 1603, un español, Pedro Páez, primer europeo en llegar a
las fuentes del Nilo Azul, tomó las riendas de la misión y dejó para la posteridad su
obra Historia de Etiopía. Para llegar al pueblo, la Iglesia transcribió los debates
teológicos en lengua amarítica. Pero esta innovación acabó en 1632 cuando el ge’ez,
lengua oficial de la iglesia abisinia, fue restablecido.
Sin embargo, el debate se tornó pronto en hostilidad abierta entre las facciones
ortodoxa y católica. La ascensión al poder de Susenyos en 1607 marcó el inicio de la
fase decisiva en la rivalidad entre la Iglesia ortodoxa abisinia y la Iglesia católica.
Pedro Páez tuvo acceso a la corte imperial y consiguió que, bajo su influencia, el
emperador se inclinara cada vez más hacia el catolicismo. La lucha entre ambas
doctrinas, llevada hasta entonces con armas intelectuales y dentro del respeto mutuo,
se tornó en guerra abierta con la llegada de Alfonso Méndez, el nuevo obispo español
enviado por el papa. Bajo la protección del emperador, Méndez quiso volver a poner
a la Iglesia abisinia sobre el camino que él consideraba correcto. Todos los curas
abisinios debieron pasar una nueva ordenación y todas las iglesias una nueva
consagración. El calendario fue europeizado, la circuncisión prohibida y un nuevo
bautismo impuesto a todos los abisinios.

Las revueltas se multiplicaron contra la nueva Iglesia, siendo particularmente
violentas en las provincias centrales. En 1632 hubo una gran batalla en la que el
emperador salió victorioso pero quedó destrozado. Abdicó poco después y, bajo la
presión de su pueblo, restituyó la fe de sus ancestros y pidió al antiguo clero que
volviera a su propia liturgia.
El siguiente emperador, Fasiladas, hizo que deportaran a todos los jesuitas.