Songhai

Los orígenes de Songhay son más difíciles de trazar que los de Ghana o Mali. Lo que
sabemos con ciertas garantías es que entre los años 750 y 950 d. C. la ciudad de Gao
se convirtió en un punto importante en las rutas transaharianas y, con el tiempo, fue
conformándose a su alrededor un reino a cuya cabeza se hallaban los songhay, un
pueblo de jinetes y guerreros que lograron imponerse al resto de pueblos de la zona.
De esta manera, primero el reino Songhay y luego el Imperio, aglutinaron en su seno
multitud de etnias o pueblos.
La prosperidad de Gao llamó la atención de Mali, que se apoderó de la ciudad y
tomó a dos príncipes como rehenes. Estos, sin embargo, lograron escapar y fue
precisamente uno de ellos quien fundó la dinastía que transformaría el reino en
imperio. Se trata de la dinastía Sonni, la cual aprovechó el debilitamiento de Mali,
sometido a los continuos ataques tuaregs, para emprender campañas militares hacia el
oeste y deshacerse así de la tutela mandinga. Pero no fue hasta que llegó al trono un
formidable guerrero, al que apodaron con el apelativo Ber (el Grande), cuando Gao
inició una verdadera política de expansión y conquista.
Sonni Ali Ber (1464-1492) trastocó el equilibrio de poder en la curva del Níger.
Como en el caso de Sunyata, se decía de él que dominaba las artes mágicas. Lo cierto
es que fue un líder militar excepcional. Su ejército, que incluía caballería y una
importante flota con la que desplazaba sus tropas por las aguas del Níger, se mantuvo
en constante movimiento. Cuando libró a Gao de los peligros inmediatos fijó su
atención en el Níger medio, en la región de las grandes ciudades del Sahel. Por aquel
entonces, Djenné y Tombuctú, además de controlar el preciado comercio del oro y de
la sal, eran ciudades que funcionaban como verdaderos focos culturales de relevancia
internacional. Sabios de todos los rincones del mundo musulmán cruzaban el desierto
del Sahara para acudir a sus universidades y escuelas coránicas. En Tombuctú, las
bibliotecas privadas florecieron por doquier, acumulando miles de manuscritos de
valor incalculable para la historia del mundo musulmán y de todas las sociedades que
habitaban en sus lindes, incluyendo, por supuesto, al-Ándalus y la península ibérica.
En 1469, Sonni Ali tomó Tombuctú, que por entonces estaba en manos de los
tuaregs. Muchos notables, ulemas (doctores de la ley islámica, expertos en cuestiones
jurídicas y teológicas) y comerciantes musulmanes huyeron de la ciudad. Quienes se
quedaron sufrieron el saqueo de las tropas songhay. Esta acción le granjeó a Sonni
Ali, cuyas inclinaciones religiosas estaban más próximas a las religiones tradicionales
que al islam, la enemistad de comerciantes y sabios musulmanes cuyas crónicas
describen duramente al soberano songhay. Por ejemplo, la crónica más famosa de la
que disponemos, que esclarece enormemente la historia del Imperio, es el Tarij as
Sudan. En ella se refiere a Sonni Ali como «un tirano, un criminal, un injusto, un
opresor, un sanguinario que mató a tanta gente que sólo Alá el altísimo sabe su
número. Prevaleció sobre los sabios y los piadosos con el asesinato, la injusticia y el
menosprecio».
Sus hazañas guerreras prosiguieron y, tras cuatro años de asedio, la amurallada
ciudad de Djenné también le abrió sus puertas. En el plano administrativo, instauró
por primera vez en el Sudán occidental que los actos oficiales del reino quedaran
plasmados por escrito. Así, Sonni Ali Ber convirtió un pequeño reino en un imperio
y, cuando murió en 1492, lo hizo con la reputación de un general jamás vencido en
batalla.
Le sucedió su hijo pero no duró ni siquiera un año en el trono. Mohamed Touré,
un comandante del ejército y jefe de provincia, se hizo con el poder e instauró una
nueva dinastía que, en adelante, se conoció como la de los Askia. Pero ¿cómo fue
posible que se destronara a una dinastía que pertenecía al grupo de monarquías
divinas africanas?
Mapa del Imperio songhay en su máxima extensión. Fuente: Conrad (2010).
Askia Mohamed, devoto musulmán, contó con el apoyo de los ricos mercaderes,
comerciantes y ulemas de Djenné y Tombuctú, presentándose a su vez como paladín
del islam. De hecho, el islam fue la excusa que utilizó para instaurar un nuevo orden
social, más desigual y menos redistribuidor que el de los Sonni, también musulmán
pero arraigado a las pautas de la monarquía divina tradicional. Desde la perspectiva
de la legitimidad, el poder divino de los Sonni era heredado y aceptado por el pueblo,
tal y como ocurría con el clan Keita en Mali. Askia Mohamed, por su parte, decidió
basar su legitimidad en la fe musulmana y, por primera vez en la época clásica, un
Estado del Sudán occidental realizó campañas de proselitismo en sus territorios y en
el de los vecinos. A pesar de esto, muchos gestos y rituales de la corte seguían
llevándose a cabo a través de elementos tradicionales. Al ser preguntado por esta
pervivencia pagana, un descendiente del Askia respondió: «No estoy loco, tengo el
uso de la razón, pero mando sobre locos, sobre impíos, sobre orgullosos, y por eso me
hago el loco y finjo estar poseído por el demonio para asustarlos y evitar así que
hagan daño a los musulmanes». Esta respuesta muestra cómo los Askia, a pesar de
querer romper con el modelo de monarquía tradicional, estaban obligados a respetar
algunas normas para no perder todo el apoyo del pueblo. Pero este empezó a alejarse
paulatinamente de los Askia. Por ello, la decisión de Askia Mohamed de formar un
ejército profesional quizá procedía de los problemas a los que se enfrentaba al
realizar levas entre los campesinos y ver que muchos no acudían a su llamada.
Askia Mohamed peregrinó a La Meca en 1496, extendió y fortaleció el Imperio y
tuvo una cantidad incontable de hijos, centenares, según las crónicas. Finalmente,
siendo ya un anciano, su ceguera lo apartó del trono. El hijo que lo sucedió asesinó a
gran cantidad de sus propios hermanos que, a su vez, acabaron por darle muerte.
Paradójicamente, el siguiente Askia que gobernó no era hijo de Askia Mohamed, sino
su sobrino. Se llamaba Askia Mohamed II Bonkana y confinó a su tío en una isla del
Níger plagada de mosquitos. Reinó pocos años hasta que otro hijo de Mohamed tomó
el poder. Tras este llegó Askia Ishaq (1539-1549), quien inspiró miedo y ansiedad en
todas las capas de la sociedad debido a las grandes sumas de dinero que exigió como
tributo.
Al siguiente emperador, Daud, se le considera el tercer gran soberano del Imperio
songhay, sólo por detrás de Sonni Ali y de Mohamed I. Durante su reinado (1549-
1582) el Imperio permaneció estable y alcanzó su máxima extensión, desde Tekrur en
el oeste hasta Agadés (centro del actual Níger) en el este y desde Taghaza (norte del
Mali actual) en el norte hasta tierras mossi (actual Burkina Faso) en el sur.
Hoy en día podemos encontrar en las calles de Gao esta imponente estructura
piramidal de diecisiete metros de altura. Se trata de la tumba de la dinastía
Askia, erigida en 1495 por Askia Mohamed. Es un ejemplo de la tradición
arquitectónica de construcción con adobe característica de la región del Sahel y
se encuentra en la lista del patrimonio mundial de la Unesco desde 2004.
Un imperio de estas dimensiones precisaba de un complejo entramado de
funcionarios y administradores. Estos son bien conocidos gracias a las amplias listas
recogidas en las crónicas árabes. Unos, poseían competencia territorial y otros,
competencia funcional. Todos ellos llevaban el título de koi, o el de fari. Había
oficiales que se encargaban de la navegación fluvial, del ejército, de la recaudación
de impuestos, del culto a los antepasados, de los pescadores, de los bosques, de las
relaciones exteriores, etc. En las crónicas se llegan a citar unos sesenta altos cargos de
la administración songhay, la mayoría de ellos miembros de la familia imperial o
colaboradores estrechos.
Durante el reinado de Daud, tuvieron lugar elevadas exacciones a los campesinos
que desencadenaron graves revueltas. A diferencia de Mali y Ghana, a los que las
tasas sobre el comercio habían permitido una relajación en la presión tributaria sobre
el pueblo, los Askia fueron testigos de la devaluación del oro y de la disminución del
volumen de su comercio que se desviaba hacia las costas, donde la demanda europea
empezaba a trastocar los flujos comerciales del interior. Esta es una de las razones por
la que los Askia reclamaron fuertes contribuciones y realizaron grandes
recaudaciones de impuestos en sus provincias y reinos vasallos o conquistados.
Fueron estos tributos los que formaron los ingresos ordinarios de la dinastía imperial,
que utilizó oro, sal y cauris como moneda y que se preocupó de llevar a cabo una
unificación de pesos y medidas para evitar los fraudes. Es más, en los territorios del
Imperio aparecieron campos cultivados por mano de obra servil, muchos de los
cuales eran tierras que los Askia habían entregado a ulemas a cambio de su favor.
Además, en la segunda mitad del siglo XVI creció la demanda de esclavos por parte de
los turcos, lo que provocó el aumento del número de esclavos que partían desde Gao
hacia el norte de África y hacia Oriente Próximo. Por último, durante el reinado de
Daud, el sultán de Marruecos aumentó su presión para hacerse con la posesión de las
codiciadas minas de sal de Taghaza.
A Daud lo siguieron tiempos de querellas intestinas. La más grave fue la que
enfrentó al comandante de Tombuctú, Sadiq, con la dinastía gobernante. La ciudad
apoyó a su comandante, que finalmente fue derrotado y ajusticiado junto con sus
oficiales. Hubo tantas ejecuciones de oficiales que el Imperio perdió a algunos de sus
mejores comandantes, además de a centenares de soldados de ambos bandos, que
murieron durante la contienda.
Así, con un ejército debilitado, Askia Ishaq II recibió noticias a finales de 1590 de
que se avecinaba un ataque del ejército marroquí. A la cabeza de ese ejército, entre
cuyas filas había un gran número de andalusíes, se encontraba un morisco de Almería
llamado Yuder Pachá. La batalla decisiva tuvo lugar en marzo de 1591 en Tondibi, a
treinta millas al norte de Gao. El ejército hispanomarroquí, armado con arcabuces,
cañones y mosquetes, destrozó a unas tropas songhay mucho más numerosas. Las
crónicas nos hablan de que los efectivos del bando marroquí eran menos numerosos
que los del songhay, que llegó a reunir a más de doce mil soldados a caballo y a diez
mil soldados de infantería. Pero los primeros disponían de armas de fuego y de
pesados cañones. Cuando empezó el ataque de la artillería, los mil cebúes que los
songhay llevaban con ellos con el objetivo de embestir en tropel a los marroquíes se
desbandaron y se volvieron contra sus dueños. Tras esta victoria, las tropas del sultán
marroquí Ahmad I al-Mansur siguieron avanzando y ocuparon y saquearon
Tombuctú, Djenné y Gao. Songhay se replegó, persistiendo en una frágil resistencia.
Los soldados hispanomarroquíes que se quedaron en la zona para asegurar la
ocupación eran conocidos como al-ruma (fusileros o mosqueteros). Los songhay
pronunciaban esta palabra como «arma» y este fue el término para describir a la clase
marroquí gobernante de Tombuctú. Muchos no volvieron al norte de África y se
casaron con mujeres locales y sus descendientes son todavía hoy reconocidos como
arma. Este capítulo de la historia explica la existencia en Tombuctú de manuscritos
con trazas del castellano que los andalusíes a las órdenes de Yuder Pachá llevaron
consigo hasta el Sahel.